Por Isidre Lara
“El fondo o esencia fundamental de este principio vital espiritual, conferido a nosotros los hombres por el Creador infinitamente tan misericordioso, es increíblemente grande, si nosotros médicos comprendemos como mantener su integridad en tiempo de salud, dirigiendo a la gente hacia un modo de vida saludable, y cómo invocarlo y aumentarlo en las enfermedades mediante un tratamiento puramente homeopático”
-Samuel Hahnemann-
Se llaman “hipótesis metafísicas” al conjunto de principios teóricos en que se basa cualquier ciencia o disciplina del conocimiento humano; aunque esos principios no sean explícitos, un análisis en profundidad permite reconocerlos fácilmente.
Si bien es cierto que la ciencia o, mejor dicho, algunos científicos, al negar la metafísica, rechazan la existencia de este tipo de principios, en realidad no se dan cuenta que ese mismo planteamiento ya conforma, muchas veces inconscientemente, un presupuesto teórico a priori de cualquier observación de los hechos o, en el peor de los casos, una falta de reconocimiento de los principios en los que se basan, lo que les hace caer, aunque sea involuntariamente, en el reduccionismo, el dogmatismo o el absolutismo.
En trabajos anteriores sobre epistemología de la homeopatía, hemos distinguido varias hipótesis metafísicas del método homeopático, es decir, presupuestos teóricos o axiomas en los que se basa la aplicación de dicho método. El conjunto de esas hipótesis conformarían la doctrina o teoría homeopática. Las 9 hipótesis principales las enunciamos así:
1. Hay una realidad biológica inaccesible a los sentidos humanos (fuerza vital).
2. La etiología fundamental de cualquier enfermedad reside en esta realidad imperceptible (desafinación de la fuerza vital).
3. Los síntomas, perceptibles sensorialmente, son la única información accesible y útil (semiología homeopática).
4. La observación global del enfermo, sobre todo en sus peculiaridades más individualizadoras (individualización), a través de la anamnesis y la exploración, constituye el medio diagnóstico para descubrir los síntomas (totalidad sintomática).
5. Hay una relación terapéutica universal (similitud) entre los síntomas espontáneos del enfermo y los síntomas capaces de generar la sustancia potencialmente curativa.
6. El conocimiento del poder medicinal de las sustancias sólo se puede obtener por su experimentación en sujetos sanos (proving).
7. La dosis curativa es la que, mediante el procedimiento de la potenciación medicinal, consigue la curación de la forma más suave, rápida y sostenida (dosis mínima).
8. La desaparición de todos los síntomas constituye la curación (curación homeopática).
9. El proceso de curación sigue unas fases previsibles e interpretables (reglas del sentido de la curación).
Estas hipótesis están en correlación con 7 principios fundamentales de la Homeopatía (tabla 1). Las primeras 2 hipótesis tienen relación directa con el concepto de energía vital y encabezan el edificio teórico de la Homeopatía.

Antecedentes conceptuales de la energía vital en Medicina
— Antiguos: prãna hindú (medicina ayurvédica); chi chino (medicina tradicional china); physis y dynamis hipocráticas (medicina griega antigua), y quinta essentia alquimista (medicina espagírica).
— Modernos: orgón o bioenergía reichiano (medicina orgonómica).
La división ternaria es la más general y, al propio tiempo, la más sencilla que pueda establecerse para definir la constitución de un ser vivo, y en particular la del hombre, pues está claro que la dualidad cartesiana de “espíritu” y “cuerpo”, que en cierto modo se ha impuesto en todo el pensamiento occidental moderno, de ninguna forma puede corresponder a la realidad. La distinción de espíritu, alma y cuerpo se admite unánimemente por todas las doctrinas de Occidente, fuese en la Antigüedad o en la Edad Media; más tarde se ha llegado a olvidar, hasta el extremo de no ver ya en los términos de “espíritu” y “alma” más que especies de sinónimos, además, bastante vagos y que se emplean indistintamente uno por otro.
En la tabla 2 se incluye la concepción ternaria de la constitución humana según diferentes filosofías; en ella se puede ver el lugar que ocupa el concepto de energía vital, de alma y los conceptos análogos.
La esencia es lo que es “por sí”, o sea el espíritu; la vida es lo que le anima, o sea el ánima o alma; la sustancia es el elemento material de expresión.

(Da click en la imagen para ver en tamaño completo)
Concepción hahnemanniana de fuerza vital
Antes que nada queremos puntualizar que la traducción habitual de Lebenskraft del idioma original alemán a otras lenguas, principalmente al inglés, que ha sido la traducción directa que ha mediatizado muchas veces otras terceras traducciones, ha sido vital force, por tanto, en español fuerza vital, cuando en alemán kraft puede significar indistintamente fuerza, poder o energía. Si para algunos el concepto de fuerza vital puede quedar algo arcaico, al menos en el ámbito médico, podemos sustituirlo perfectamente por el de energía vital o incluso bioenergía, términos que parecen más al uso actual, aunque tampoco sean admitidos en los círculos medicocientíficos convencionales.
Hahnemann añade, en la 6ª y última edición de su Órganon del Arte de Curar, al término Lebenskraft (fuerza vital) el de Lebensprincip (principio vital) para referirse a la misma idea.
Cabe destacar que, a pesar de que su idea de la fuerza vital la deduce a partir de la experimentación (fig. 1), en la exposición sistemática de su método es el principio fundamental que aparece en primer lugar, tras una breve introducción acerca de los objetivos y las ramas del saber médico.
La definición de Hahnemann, que se puede resumir a partir de su obra escrita, de su concepto de Lebenskraft (energía vital) es la siguiente: “Entidad inmaterial e imperceptible constituyente del ser humano, que anima a todo el organismo (cuerpo material), formando una unidad indivisible con él, manteniéndolo en salud y curando las enfermedades (mediante una ayuda terapéutica adecuada)”.
Aunque se refiere a ella como geistartige (espiritual), marca su diferencia con respecto al concepto de Geist (espíritu), en la famosa y archirrepetida frase: “De modo que el espíritu dotado de razón puede emplear libremente estos instrumentos vivos y sanos para los propósitos más elevados de nuestra existencia”.
La Lebenskraft (energía vital) no es Geist (espíritu), sino parecida al espíritu, en cuanto que tiene algunas características similares (inmaterial, invisible), pero también tiene otras características distintivas (ininteligente, instintiva, irracional).
También encontramos en el Órganon varias referencias a la dynamis hipocrática que, aunque en algunos casos la presente como equivalente, al comparar sus características con las de la energía vital hahnemanniana, quedan claras la relación y las diferencias entre ambos conceptos.
Características de la fuerza vital hahnemanniana
— Es de índole inmaterial (dinámica); de naturaleza espiritual (geistartige) (dinámica, virtual).
— Anima el cuerpo material (dynamis).
— Gobierna absolutamente (autocracia).
— Mantiene un funcionamiento armónico en cuanto a sensaciones y funciones.
— Autoconservación: sin ella el organismo material es incapaz de sentir y de obrar, muere y queda sujeto a las leyes fisicoquímicas.
— Está presente en todo el organismo.
— Es invisible en sí misma.
— Es ininteligente e instintiva.
— Es reconocible sólo por sus efectos en el organismo (síntomas patológicos, en el sujeto enfermo y patogenéticos, en la experimentación en el sujeto sano).
— Forma una unidad con el conjunto de síntomas perceptibles externamente; la fuerza vital sin el organismo material no es concebible.
— Sólo puede alterarse de una manera “espiritual” (dinámica).
— No tiene capacidad autocurativa.
— Dada a los hombres por el Creador.
Origen de la enfermedad
La enfermedad empieza a partir de una desafinación de la fuerza vital por la influencia dinámica de un agente patógeno.
Es interesante destacar aquí el hecho de que Hahnemann utiliza un concepto proveniente del mundo musical (desafinación) para referirse a la especial alteración que presenta el organismo humano a ese nivel sutil de energía, concepto que casi siempre se traduce de forma aproximada como “desajuste” o “desequilibrio”, perdiendo así esa especial connotación musical.
Origen de la curación
A diferencia de la falta de capacidad autocurativa de la fuerza vital hahnemanniana, la physis hipocrática tiene tendencia y capacidad autocurativas.
Los conceptos hipocráticos de vis medicatrix naturae (fuerza curativa natural) y natura morborum medicatrix (la naturaleza cura las enfermedades) fueron expresados de forma sintética por Hahnemann: “Es la energía vital orgánica de nuestro cuerpo la que cura las enfermedades naturales de todo tipo directamente y sin ningún sacrificio tan pronto como es capacitada por los remedios (homeopáticos) correctos”.
La fuerza vital hahnemanniana ejerce la curación pero necesita de una ayuda terapéutica externa para conseguirla.

Figura 1 Esquema del proceso de razonamiento de Hahnemann en el enunciado de la energía vital.
Concepto de poder medicinal
La energía medicinal (curativa) de los medicamentos se desarrolla mediante la potenciación y se conoce por sus efectos en los provings (experimentaciones puras).
Proceso de razonamiento de Hahnemann en el enunciado de la energía vital (fig. 1)
Hahnemann había empezado a aplicar la ley de semejanza después de sus primeras experimentaciones con China y otras sustancias, utilizando medicamentos a dosis ponderables, como los usaba la medicina de la época. A partir de los resultados obtenidos en esta primera fase, de una homeopatía más rudimentaria, se dio cuenta de que, a pesar de que obtenía curaciones sostenibles, el uso de los medicamentos homeopáticos a esas dosis “materiales” producía importantes agravaciones.
Aplicó, pues, la reducción progresiva de las dosis de los medicamentos mediante su dilución, buscando evitar así dichas agravaciones.
Pero, como era lógico esperar desde nuestra perspectiva actual, esa reducción de dosis conllevaba, junto a la reducción de su toxicidad, una reducción también de su poder medicinal.
Aquí, al genio creador de Hahnemann se le ocurrió utilizar otra técnica en la preparación de los medicamentos, la llamada dinamización por sacudimiento manual de cada dilución progresiva. Esta idea original de Hahnemann supone un salto cualitativo en su proceso de conformación del método, fenómeno bien conocido en cualquier proceso creativo, especialmente en el ámbito científico; siendo difícil de rastrear las ideas que lo propiciaron, no podemos obviar que esa técnica ya había sido utilizada de alguna manera por Paracelso —autor cuya obra el mismo Hahnemann niega expresamente haber conocido, aunque se refiere a él en la introducción de su Órganon— en la preparación de ciertas sustancias alquímicas.
El sorprendente resultado que pudo observar Hahnemann fue que las sustancias medicinales así dinamizadas mantenían la reducción de su toxicidad (debido a la dilución), pero, en cambio, no sólo no se reducía su poder medicinal, sino que, al contrario, aumentaba ostensiblemente.
A partir de estas observaciones repetidas en su experiencia clínica, Hahnemann llegó a lo que podríamos considerar ahora, conociendo el proceder del método científico, la formulación de una hipótesis. La hipótesis era que el poder medicinal desarrollado en las sustancias mediante los procedimientos de dilución y dinamización (potenciación) estaba en relación con un factor inmaterial, la energía o fuerza vital de la sustancia, que no respondía a las leyes de la química conocida hasta ese momento.
A partir de esta hipótesis dedujo de forma lógica que si los medicamentos diluidos y dinamizados (potenciados) actuaban a ese nivel inmaterial, sutil, energético, no químico, y producían curaciones, el nivel de enfermedad en el cual actúa el medicamento homeopático potenciado debía ser también de orden inmaterial, dinámico, energético. Y a ese nivel de la estructura del organismo humano, que se puede modificar mediante medicamentos potenciados, no sujetos a las leyes químicas, le llamó energía o fuerza vital. Deduciendo que si el uso de unos medicamentos así preparados eran capaces de curar enfermedades de todo tipo, era porque el origen de la enfermedad se encontraba a ese nivel sutil, que después podía repercutir en todos los niveles del ser humano (mental, emocional, sensorial, funcional, lesional).
Tanto la enfermedad como la curación debían seguir los mismos caminos. Si la curación empezaba por un efecto medicinal a nivel de la fuerza vital, era porque la enfermedad también debía haber empezado a ese mismo nivel, como una “desafinación” o desajuste de dicha fuerza vital.
Por último, deducir de ahí que la causa de la enfermedad (etiología) era también de orden dinámico supone otro salto cualitativo en su pensamiento, que a algunos homeópatas posteriores, como Stuart Close o Margaret Tyler, les dio pie a equiparar con el ámbito microbiológico, desconocido todavía en época de Hahnemann, mientras otros en el otro extremo, como J. Henry Allen o James T. Kent, este último influenciado por las ideas del filósofo y místico cristiano Swedenborg, o también A. Masi Elizalde en el s. XX siguiendo la escolástica de Santo Tomás de Aquino y a homeópatas precedentes, lo equipararon al ámbito espiritual.
Mente científica/acientífica
Cualquier científico que observe el efecto de un medicamento homeopático, de la misma forma que podría observar el de uno alopático, tras su administración a un enfermo en el que está indicado, podrá llegar fácilmente a la conclusión de que funciona en determinados casos.
Pongamos por ejemplo el caso sencillo del árnica para el tratamiento de traumatismos. Lo podemos experimentar en un paciente tras otro, sin que el paciente pueda distinguir demasiado si está tomando un medicamento homeopático o alopático, o prescribiéndolo a niños, a bebés, o también a animales, e incluso indicándolo para plantas. Con la mentalidad abierta propia de un científico, probablemente, se llegará a la sospecha, a lo que en ciencia se llama la hipótesis, de que ese medicamento es eficaz para tratar ese tipo de patología. Para descartar el azar, la casualidad o el efecto placebo, deberá remitirse a ensayos clínicos controlados, si es posible a doble ciego y con grupo de control placebo y/o comparándolo con otros medicamentos indicados en esa misma patología.
Con la repetición de ensayos y análisis retrospectivos y prospectivos, que pueden llegar a revisarse en forma de metaanálisis, se podrá llegar a una conclusión razonable de que “con la evidencia disponible basándose en los estudios realizados tal medicamento es eficaz en el tratamiento de…”.
Aplicando este tipo de metodología científica que acabamos de describir, no podemos cuestionar la sustancia terapéutica experimentada si no es por un prejuicio antepuesto al principio de la observación. Esto impide la observación imparcial de los hechos (en este caso del efecto medicinal) por una crítica apriorística al tipo de medicamento en cuestión. Es decir, no se llega a plantear la hipótesis porque el observador no puede percibir las posibles curaciones a causa de su prejuicio, el cual le lleva a suponer una “evolución espontánea”, “efecto placebo”, “casualidad” o cualquier otra justificación. Vemos así, cómo su idea preconcebida de que “medicamentos sin moléculas no pueden funcionar” le impide la actitud imparcial y objetiva propia del científico. Sin ese impedimento, el procedimiento es impecable y se enunciaría una hipótesis, que podría tener la opción de ser validada.
Pero, ¿qué ocurriría si se llegara a completar el círculo metodológico?, cuando se planteara cuál es ese medicamento que es capaz de esas curaciones, y se pusiera de manifiesto que el medicamento en cuestión no tiene características químicas, sólo es agua, sin contener moléculas de otra sustancia ¿El medicamento curativo es entonces sólo el agua?
El científico auténtico debería reconocer su incapacidad de explicar el fenómeno a partir de los parámetros conocidos de la farmacología y la química convencionales. Pero sin negar el fenómeno, tendría que buscar hipótesis alternativas para explicarlo. La existencia de un ámbito de la materia, que podemos llamar energía vital, sería una de esas hipótesis que se podrían barajar y que como tal estaría sujeta a comprobación.
Como se puede apreciar, en este razonamiento hemos llegado a la energía vital como hipótesis de funcionamiento de los medicamentos homeopáticos, después de comprobar su eficacia terapéutica. Pero podemos constatar que no hemos partido del supuesto de la energía vital, sino que llegamos a él a partir de la experiencia, siguiendo así el mismo proceso que hizo Hahnemann.
Por supuesto, el ejemplo planteado es muy sencillo (árnica para los traumatismos), al reducir las variables a un único medicamento para una única situación patológica; en la medida en que aumentemos las variables (varios medicamentos) y las indicaciones clínicas (diversas patologías) haremos más difícil su análisis, pero ello no cambiará la cualidad “inmaterial” o energética del medicamento homeopático. El científico honrado deberá reconocer que hay un ámbito de la materia desconocido para la química, que es el ámbito de lo infinitesimal, que debe regirse por otras leyes, pero que, en todo caso, es capaz de manifestarse produciendo efectos constatables, incluso sobre la materia más grosera.
¿Es necesaria la hipótesis de la energía vital en Homeopatía? Conclusiones provisionales
La Homeopatía, basándose en el principio terapéutico de la similitud, funciona incluso con medicamentos a dosis ponderables (es decir, donde los principios de la energía vital y de la dosis mínima serían prescindibles), aunque para aprovechar todas sus capacidades curativas sin efectos secundarios sea preferible dinamizar las sustancias más allá de su efecto exclusivamente molecular, más allá del número de Avogadro, que marca la dilución a partir de la cual ya no hay moléculas del soluto.
El concepto de energía vital enunciado y desarrollado por Hahnemann ayuda a situar el plano de acción del efecto medicinal y, por deducción, el de la enfermedad y la curación, y obtener así una comprensión más aproximada del fenómeno de la salud y la enfermedad. Ese concepto se asemeja a otros conceptos tradicionales y también a algunas hipótesis más modernas, como el orgón o bioenergía investigado por Wilhelm Reich.
El concepto de energía vital en Hahnemann es un intento de explicación del efecto terapéutico de sustancias dinamizadas más allá de su efecto puramente químico a partir de las observaciones de curaciones repetidas tras su administración a enfermos.
El razonamiento de Hahnemann es impecable: si sustancias amoleculares (entendiendo por sustancia amolecular la que ha estado en contacto con agua hasta desaparecer cualquier rastro molecular de ella por excesiva dilución) son capaces de producir cambios en el organismo, será porque actúan en alguna parte equivalente del organismo de carácter amolecular.
La hipótesis actual del agua como sustancia transmisora de información, mediante cambios estructurales específicos de sus moléculas que el organismo es capaz de descodificar, a través del fenómeno de la epitaxis —que es la transmisión de información estructural desde la superficie (“epi”) de un material (normalmente un sólido cristalino) a otro (normalmente un líquido, pero no siempre), sin transmisión de materia, que implica propagación de información estructural sin relación con la composición—, podría ser la versión “científica” moderna de la tradicional energía vital. Fuera del ámbito de la química molecular, se ha podido constatar que la presión durante el sacudimiento, la formación de nanoburbujas coloidales y los campos eléctricos y magnéticos son influencias que modifican la estructura del agua y, por tanto, sus propiedades y, por ende, el tipo de información transmitida.
La energía vital vendría a ser, entonces, no un fluido ni una corriente electromagnética, sino una propiedad inherente al ser vivo: la capacidad del agua viva del organismo de captar y distribuir la información proveniente del exterior desde un medio líquido o sólido; una capacidad que, por supuesto, desaparece en el organismo muerto.
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